Capítulo LVII: Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque, y de lo que le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la duquesa
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo LVII
Ya le pareció a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como laque en aquel castillo tenía; que se imaginaba ser grande la falta que supersona hacía en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitosregalos y deleites que como a caballero andante aquellos señores le hacían,y parecíale que había de dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidady encerramiento; y así, pidió un día licencia a los duques para partirse.Diéronsela, con muestras de que en gran manera les pesaba de que losdejase. Dio la duquesa las cartas de su mujer a Sancho Panza, el cual llorócon ellas, y dijo:
-¿Quién pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mimujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar envolverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de laMancha? Con todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondió a serquien es, enviando las bellotas a la duquesa; que, a no habérselas enviado,quedando yo pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela esque esta dádiva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo elgobierno cuando ella las envió, y está puesto en razón que los que recibenalgún beneficio, aunque sea con niñerías, se muestren agradecidos. Enefecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo dél; y así, podrédecir con segura conciencia, que no es poco: "Desnudo nací, desnudo mehallo: ni pierdo ni gano".
Esto pasaba entre sí Sancho el día de la partida; y, saliendo don Quijote,habiéndose despedido la noche antes de los duques, una mañana se presentóarmado en la plaza del castillo. Mirábanle de los corredores toda la gentedel castillo, y asimismo los duques salieron a verle. Estaba Sancho sobresu rucio, con sus alforjas, maleta y repuesto, contentísimo, porque elmayordomo del duque, el que fue la Trifaldi, le había dado un bolsico condocientos escudos de oro, para suplir los menesteres del camino, y esto aúnno lo sabía don Quijote.
Estando, como queda dicho, mirándole todos, a deshora, entre las otrasdueñas y doncellas de la duquesa, que le miraban, alzó la voz ladesenvuelta y discreta Altisidora, y en son lastimero dijo:
-Escucha, mal caballero;
detén un poco las riendas;
no fatigues las ijadas
de tu mal regida bestia.
Mira, falso, que no huyas
de alguna serpiente fiera,
sino de una corderilla
que está muy lejos de oveja.
Tú has burlado, monstruo horrendo,
la más hermosa doncella
que Dïana vio en sus montes,
que Venus miró en sus selvas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Tú llevas, ¡llevar impío!,
en las garras de tus cerras
las entrañas de una humilde,
como enamorada, tierna.
Llévaste tres tocadores,
y unas ligas, de unas piernas
que al mármol puro se igualan
en lisas, blancas y negras.
Llévaste dos mil suspiros,
que, a ser de fuego, pudieran
abrasar a dos mil Troyas,
si dos mil Troyas hubiera.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
De ese Sancho, tu escudero,
las entrañas sean tan tercas
y tan duras, que no salga
de su encanto Dulcinea.
De la culpa que tú tienes
lleve la triste la pena;
que justos por pecadores
tal vez pagan en mi tierra.
Tus más finas aventuras
en desventuras se vuelvan,
en sueños tus pasatiempos,
en olvidos tus firmezas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Seas tenido por falso
desde Sevilla a Marchena,
desde Granada hasta Loja,
de Londres a Inglaterra.
Si jugares al reinado,
los cientos, o la primera,
los reyes huyan de ti;
ases ni sietes no veas.
Si te cortares los callos,
sangre las heridas viertan,
y quédente los raigones
si te sacares las muelas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimadaAltisidora, la estuvo mirando don Quijote, y, sin responderla palabra,volviendo el rostro a Sancho, le dijo:
-Por el siglo de tus pasados, Sancho mío, te conjuro que me digas unaverdad. Dime, ¿llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que estaenamorada doncella dice?
A lo que Sancho respondió:
-Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas, como por los cerros de Úbeda.
Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque latenía por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera asemejantes desenvolturas; y, como no estaba advertida desta burla, creciómás su admiración. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:
-No me parece bien, señor caballero, que, habiendo recebido en este micastillo el buen acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis atrevido allevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo más las ligas de midoncella; indicios son de mal pecho y muestras que no corresponden avuestra fama. Volvedle las ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla,sin tener temor que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro,como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que entró con vos en batalla.
-No quiera Dios -respondió don Quijote- que yo desenvaine mi espada contravuestra ilustrísima persona, de quien tantas mercedes he recebido; lostocadores volveré, porque dice Sancho que los tiene; las ligas esimposible, porque ni yo las he recebido ni él tampoco; y si esta vuestradoncella quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo,señor duque, jamás he sido ladrón, ni lo pienso ser en toda mi vida, comoDios no me deje de su mano. Esta doncella habla, como ella dice, comoenamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y así, no tengo de qué pedirleperdón ni a ella ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico me tenga en mejoropinión, y me dé de nuevo licencia para seguir mi camino.
-Déosle Dios tan bueno -dijo la duquesa-, señor don Quijote, que siempreoigamos buenas nuevas de vuestras fechurías. Y andad con Dios; que,mientras más os detenéis, más aumentáis el fuego en los pechos de lasdoncellas que os miran; y a la mía yo la castigaré de modo, que de aquíadelante no se desmande con la vista ni con las palabras.
-Una no más quiero que me escuches, ¡oh valeroso don Quijote! -dijoentonces Altisidora-; y es que te pido perdón del latrocinio de las ligas,porque, en Dios y en mi ánima que las tengo puestas, y he caído en eldescuido del que yendo sobre el asno, le buscaba.
-¿No lo dije yo? -dijo Sancho-. ¡Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues,a quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno.
Abajó la cabeza don Quijote y hizo reverencia a los duques y a todos loscircunstantes, y, volviendo las riendas a Rocinante, siguiéndole Sanchosobre el rucio, se salió del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.
-¿Quién pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mimujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar envolverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de laMancha? Con todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondió a serquien es, enviando las bellotas a la duquesa; que, a no habérselas enviado,quedando yo pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela esque esta dádiva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo elgobierno cuando ella las envió, y está puesto en razón que los que recibenalgún beneficio, aunque sea con niñerías, se muestren agradecidos. Enefecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo dél; y así, podrédecir con segura conciencia, que no es poco: "Desnudo nací, desnudo mehallo: ni pierdo ni gano".
Esto pasaba entre sí Sancho el día de la partida; y, saliendo don Quijote,habiéndose despedido la noche antes de los duques, una mañana se presentóarmado en la plaza del castillo. Mirábanle de los corredores toda la gentedel castillo, y asimismo los duques salieron a verle. Estaba Sancho sobresu rucio, con sus alforjas, maleta y repuesto, contentísimo, porque elmayordomo del duque, el que fue la Trifaldi, le había dado un bolsico condocientos escudos de oro, para suplir los menesteres del camino, y esto aúnno lo sabía don Quijote.
Estando, como queda dicho, mirándole todos, a deshora, entre las otrasdueñas y doncellas de la duquesa, que le miraban, alzó la voz ladesenvuelta y discreta Altisidora, y en son lastimero dijo:
-Escucha, mal caballero;
detén un poco las riendas;
no fatigues las ijadas
de tu mal regida bestia.
Mira, falso, que no huyas
de alguna serpiente fiera,
sino de una corderilla
que está muy lejos de oveja.
Tú has burlado, monstruo horrendo,
la más hermosa doncella
que Dïana vio en sus montes,
que Venus miró en sus selvas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Tú llevas, ¡llevar impío!,
en las garras de tus cerras
las entrañas de una humilde,
como enamorada, tierna.
Llévaste tres tocadores,
y unas ligas, de unas piernas
que al mármol puro se igualan
en lisas, blancas y negras.
Llévaste dos mil suspiros,
que, a ser de fuego, pudieran
abrasar a dos mil Troyas,
si dos mil Troyas hubiera.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
De ese Sancho, tu escudero,
las entrañas sean tan tercas
y tan duras, que no salga
de su encanto Dulcinea.
De la culpa que tú tienes
lleve la triste la pena;
que justos por pecadores
tal vez pagan en mi tierra.
Tus más finas aventuras
en desventuras se vuelvan,
en sueños tus pasatiempos,
en olvidos tus firmezas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Seas tenido por falso
desde Sevilla a Marchena,
desde Granada hasta Loja,
de Londres a Inglaterra.
Si jugares al reinado,
los cientos, o la primera,
los reyes huyan de ti;
ases ni sietes no veas.
Si te cortares los callos,
sangre las heridas viertan,
y quédente los raigones
si te sacares las muelas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimadaAltisidora, la estuvo mirando don Quijote, y, sin responderla palabra,volviendo el rostro a Sancho, le dijo:
-Por el siglo de tus pasados, Sancho mío, te conjuro que me digas unaverdad. Dime, ¿llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que estaenamorada doncella dice?
A lo que Sancho respondió:
-Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas, como por los cerros de Úbeda.
Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque latenía por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera asemejantes desenvolturas; y, como no estaba advertida desta burla, creciómás su admiración. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:
-No me parece bien, señor caballero, que, habiendo recebido en este micastillo el buen acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis atrevido allevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo más las ligas de midoncella; indicios son de mal pecho y muestras que no corresponden avuestra fama. Volvedle las ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla,sin tener temor que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro,como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que entró con vos en batalla.
-No quiera Dios -respondió don Quijote- que yo desenvaine mi espada contravuestra ilustrísima persona, de quien tantas mercedes he recebido; lostocadores volveré, porque dice Sancho que los tiene; las ligas esimposible, porque ni yo las he recebido ni él tampoco; y si esta vuestradoncella quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo,señor duque, jamás he sido ladrón, ni lo pienso ser en toda mi vida, comoDios no me deje de su mano. Esta doncella habla, como ella dice, comoenamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y así, no tengo de qué pedirleperdón ni a ella ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico me tenga en mejoropinión, y me dé de nuevo licencia para seguir mi camino.
-Déosle Dios tan bueno -dijo la duquesa-, señor don Quijote, que siempreoigamos buenas nuevas de vuestras fechurías. Y andad con Dios; que,mientras más os detenéis, más aumentáis el fuego en los pechos de lasdoncellas que os miran; y a la mía yo la castigaré de modo, que de aquíadelante no se desmande con la vista ni con las palabras.
-Una no más quiero que me escuches, ¡oh valeroso don Quijote! -dijoentonces Altisidora-; y es que te pido perdón del latrocinio de las ligas,porque, en Dios y en mi ánima que las tengo puestas, y he caído en eldescuido del que yendo sobre el asno, le buscaba.
-¿No lo dije yo? -dijo Sancho-. ¡Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues,a quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno.
Abajó la cabeza don Quijote y hizo reverencia a los duques y a todos loscircunstantes, y, volviendo las riendas a Rocinante, siguiéndole Sanchosobre el rucio, se salió del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.
Capítulo anterior: De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez
Capítulo siguiente: Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras