Capítulo LIX: Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo LIX
Al polvo y al cansancio que don Quijote y Sancho sacaron deldescomedimiento de los toros, socorrió una fuente clara y limpia que entreuna fresca arboleda hallaron, en el margen de la cual, dejando libres, sinjáquima y freno, al rucio y a Rocinante, los dos asendereados amo y mozo sesentaron. Acudió Sancho a la repostería de su alforjas, y dellas sacó de loque él solía llamar condumio; enjuagóse la boca, lavóse don Quijote elrostro, con cuyo refrigerio cobraron aliento los espíritus desalentados. Nocomía don Quijote, de puro pesaroso, ni Sancho no osaba tocar a losmanjares que delante tenía, de puro comedido, y esperaba a que su señorhiciese la salva; pero, viendo que, llevado de sus imaginaciones, no seacordaba de llevar el pan a la boca, no abrió la suya, y, atropellando portodo género de crianza, comenzó a embaular en el estómago el pan y quesoque se le ofrecía.
-Come, Sancho amigo -dijo don Quijote-, sustenta la vida, que más que a míte importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas demis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morircomiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso enhistorias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado depríncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperabapalmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosashazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies deanimales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes,entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo lagana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la máscruel de las muertes.
-Desa manera -dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa- no aprobará vuestramerced aquel refrán que dicen: "muera Marta, y muera harta". Yo, a lomenos, no pienso matarme a mí mismo; antes pienso hacer como el zapatero,que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere;yo tiraré mi vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinadoel cielo; y sepa, señor, que no hay mayor locura que la que toca en quererdesesperarse como vuestra merced, y créame, y después de comido, échese adormir un poco sobre los colchones verdes destas yerbas, y verá como cuandodespierte se halla algo más aliviado.
Hízolo así don Quijote, pareciéndole que las razones de Sancho más eran defilósofo que de mentecato, y díjole:
-Si tú, ¡oh Sancho!, quisieses hacer por mí lo que yo ahora te diré, seríanmis alivios más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que,mientras yo duermo, obedeciendo tus consejos, tú te desviases un poco lejosde aquí, y con las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, tedieses trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil ytantos que te has de dar por el desencanto de Dulcinea; que es lástima nopequeña que aquella pobre señora esté encantada por tu descuido ynegligencia.
-Hay mucho que decir en eso -dijo Sancho-. Durmamos, por ahora, entrambos,y después, Dios dijo lo que será. Sepa vuestra merced que esto de azotarseun hombre a sangre fría es cosa recia, y más si caen los azotes sobre uncuerpo mal sustentado y peor comido: tenga paciencia mi señora Dulcinea,que, cuando menos se cate, me verá hecho una criba, de azotes; y hasta lamuerte, todo es vida; quiero decir que aún yo la tengo, junto con el deseode cumplir con lo que he prometido.
Agradeciéndoselo don Quijote, comió algo, y Sancho mucho, y echáronse adormir entrambos, dejando a su albedrío y sin orden alguna pacer delabundosa yerba de que aquel prado estaba lleno a los dos continuoscompañeros y amigos Rocinante y el rucio. Despertaron algo tarde, volvierona subir y a seguir su camino, dándose priesa para llegar a una venta que,al parecer, una legua de allí se descubría. Digo que era venta porque donQuijote la llamó así, fuera del uso que tenía de llamar a todas las ventascastillos.
Llegaron, pues, a ella; preguntaron al huésped si había posada. Fuelesrespondido que sí, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar enZaragoza. Apeáronse y recogió Sancho su repostería en un aposento, de quienel huésped le dio la llave; llevó las bestias a la caballeriza, echóles suspiensos, salió a ver lo que don Quijote, que estaba sentado sobre un poyo,le mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no lehubiese parecido castillo aquella venta.
Llegóse la hora del cenar; recogiéronse a su estancia; preguntó Sancho alhuésped que qué tenía para darles de cenar. A lo que el huésped respondióque su boca sería medida; y así, que pidiese lo que quisiese: que de laspajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los pescados del marestaba proveída aquella venta.
-No es menester tanto -respondió Sancho-, que con un par de pollos que nosasen tendremos lo suficiente, porque mi señor es delicado y come poco, y yono soy tragantón en demasía.
Respondióle el huésped que no tenía pollos, porque los milanos los teníanasolados.
-Pues mande el señor huésped -dijo Sancho- asar una polla que sea tierna.
-¿Polla? ¡Mi padre! -respondió el huésped-. En verdad en verdad que enviéayer a la ciudad a vender más de cincuenta; pero, fuera de pollas, pidavuestra merced lo que quisiere.
-Desa manera -dijo Sancho-, no faltará ternera o cabrito.
-En casa, por ahora -respondió el huésped-, no lo hay, porque se haacabado; pero la semana que viene lo habrá de sobra.
-¡Medrados estamos con eso! -respondió Sancho-. Yo pondré que se vienen aresumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino yhuevos.
-¡Por Dios -respondió el huésped-, que es gentil relente el que mi huéspedtiene!, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y ¿quiere quetenga huevos? Discurra, si quisiere, por otras delicadezas, y déjese depedir gallinas.
-Resolvámonos, cuerpo de mí -dijo Sancho-, y dígame finalmente lo quetiene, y déjese de discurrimientos, señor huésped.
Dijo el ventero:
-Lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que parecen manosde ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están cocidascon sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo:''¡Coméme! ¡Coméme!''
-Por mías las marco desde aquí -dijo Sancho-; y nadie las toque, que yo laspagaré mejor que otro, porque para mí ninguna otra cosa pudiera esperar demás gusto, y no se me daría nada que fuesen manos, como fuesen uñas.
-Nadie las tocará -dijo el ventero-, porque otros huéspedes que tengo, depuro principales, traen consigo cocinero, despensero y repostería.
-Si por principales va -dijo Sancho-, ninguno más que mi amo; pero eloficio que él trae no permite despensas ni botillerías: ahí nos tendemos enmitad de un prado y nos hartamos de bellotas o de nísperos.
Esta fue la plática que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasaradelante en responderle; que ya le había preguntado qué oficio o quéejercicio era el de su amo.
Llegóse, pues, la hora del cenar, recogióse a su estancia don Quijote,trujo el huésped la olla, así como estaba, y sentóse a cenar muy depropósito. Parece ser que en otro aposento que junto al de don Quijoteestaba, que no le dividía más que un sutil tabique, oyó decir don Quijote:
-Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que trae lacena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.
Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie, y con oído alertoescuchó lo que dél trataban, y oyó que el tal don Jerónimo referidorespondió:
-¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estosdisparates? Y el que hubiere leído la primera parte de la historia de donQuijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer estasegunda.
-Con todo eso -dijo el don Juan-, será bien leerla, pues no hay libro tanmalo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en éste más desplace esque pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.
Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho, alzó la voz y dijo:
-Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puedeolvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales queva muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puedeser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es lafirmeza, y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerzaalguna.
-¿Quién es el que nos responde? -respondieron del otro aposento.
-¿Quién ha de ser -respondió Sancho- sino el mismo don Quijote de laMancha, que hará bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buenpagador no le duelen prendas.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposentodos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos echando los brazos alcuello de don Quijote, le dijo:
-Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombrepuede no acreditar vuestra presencia: sin duda, vos, señor, sois elverdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andantecaballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre yaniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquíos entrego.
Y, poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó donQuijote, y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un pocose le volvió, diciendo:
-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas dereprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; laotra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, yla tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía dela verdad en lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujerde Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sinoTeresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrátemer que yerra en todas las demás de la historia.
A esto dijo Sancho:
-¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuentode nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez!Torne a tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí y si me ha mudadoel nombre.
-Por lo que he oído hablar, amigo -dijo don Jerónimo-, sin duda debéis deser Sancho Panza, el escudero del señor don Quijote.
-Sí soy -respondió Sancho-, y me precio dello.
-Pues a fe -dijo el caballero- que no os trata este autor moderno con lalimpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor, y simple, y nonada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historiade vuestro amo se describe.
-Dios se lo perdone -dijo Sancho-. Dejárame en mi rincón, sin acordarse demí, porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma.
Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenarcon ellos, que bien sabían que en aquella venta no había cosaspertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fue comedido,condecenció con su demanda y cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla conmero mixto imperio; sentóse en cabecera de mesa, y con él el ventero, queno menos que Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado.
En el discurso de la cena preguntó don Juan a don Quijote qué nuevas teníade la señora Dulcinea del Toboso: si se había casado, si estaba parida opreñada, o si, estando en su entereza, se acordaba -guardando su honestidady buen decoro- de los amorosos pensamientos del señor don Quijote. A lo queél respondió:
-Dulcinea se está entera, y mis pensamientos, más firmes que nunca; lascorrespondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soezlabradora transformada.
Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea,y lo que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que elsabio Merlín le había dado para desencantarla, que fue la de los azotes deSancho.
Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de oír contar a donQuijote los estraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados desus disparates como del elegante modo con que los contaba. Aquí le teníanpor discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarsequé grado le darían entre la discreción y la locura.
Acabó de cenar Sancho, y, dejando hecho equis al ventero, se pasó a laestancia de su amo; y, en entrando, dijo:
-Que me maten, señores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienenquiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría que, ya que me llamacomilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho.
-Sí llama -dijo don Jerónimo-, pero no me acuerdo en qué manera, aunque séque son malsonantes las razones, y además, mentirosas, según yo echo de veren la fisonomía del buen Sancho que está presente.
-Créanme vuesas mercedes -dijo Sancho- que el Sancho y el don Quijote desahistoria deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso CideHamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto yenamorado; y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.
-Yo así lo creo -dijo don Juan-; y si fuera posible, se había de mandar queninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fueseCide Hamete, su primer autor, bien así como mandó Alejandro que ningunofuese osado a retratarle sino Apeles.
-Retráteme el que quisiere -dijo don Quijote-, pero no me maltrate; quemuchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.
-Ninguna -dijo don Juan- se le puede hacer al señor don Quijote de quien élno se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que, a miparecer, es fuerte y grande.
En estas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche; y, aunque donJuan quisiera que don Quijote leyera más del libro, por ver lo quediscantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leídoy lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticiade su autor que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que lehabía leído; pues de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se hande apartar, cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevabadeterminado su viaje. Respondió que a Zaragoza, a hallarse en las justasdel arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjoledon Juan que aquella nueva historia contaba como don Quijote, sea quiense quisiere, se había hallado en ella en una sortija, falta de invención,pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades.
-Por el mismo caso -respondió don Quijote-, no pondré los pies en Zaragoza,y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, yecharán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice.
-Hará muy bien -dijo don Jerónimo-; y otras justas hay en Barcelona, dondepodrá el señor don Quijote mostrar su valor.
-Así lo pienso hacer -dijo don Quijote-; y vuesas mercedes me den licencia,pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el número desus mayores amigos y servidores.
-Y a mí también -dijo Sancho-: quizá seré bueno para algo.
Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento,dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que habíahecho de su discreción y de su locura; y verdaderamente creyeron que éstoseran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autoraragonés.
Madrugó don Quijote, y, dando golpes al tabique del otro aposento, sedespidió de sus huéspedes. Pagó Sancho al ventero magníficamente, yaconsejóle que alabase menos la provisión de su venta, o la tuviese másproveída.
-Come, Sancho amigo -dijo don Quijote-, sustenta la vida, que más que a míte importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas demis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morircomiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso enhistorias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado depríncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperabapalmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosashazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies deanimales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes,entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo lagana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la máscruel de las muertes.
-Desa manera -dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa- no aprobará vuestramerced aquel refrán que dicen: "muera Marta, y muera harta". Yo, a lomenos, no pienso matarme a mí mismo; antes pienso hacer como el zapatero,que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere;yo tiraré mi vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinadoel cielo; y sepa, señor, que no hay mayor locura que la que toca en quererdesesperarse como vuestra merced, y créame, y después de comido, échese adormir un poco sobre los colchones verdes destas yerbas, y verá como cuandodespierte se halla algo más aliviado.
Hízolo así don Quijote, pareciéndole que las razones de Sancho más eran defilósofo que de mentecato, y díjole:
-Si tú, ¡oh Sancho!, quisieses hacer por mí lo que yo ahora te diré, seríanmis alivios más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que,mientras yo duermo, obedeciendo tus consejos, tú te desviases un poco lejosde aquí, y con las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, tedieses trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil ytantos que te has de dar por el desencanto de Dulcinea; que es lástima nopequeña que aquella pobre señora esté encantada por tu descuido ynegligencia.
-Hay mucho que decir en eso -dijo Sancho-. Durmamos, por ahora, entrambos,y después, Dios dijo lo que será. Sepa vuestra merced que esto de azotarseun hombre a sangre fría es cosa recia, y más si caen los azotes sobre uncuerpo mal sustentado y peor comido: tenga paciencia mi señora Dulcinea,que, cuando menos se cate, me verá hecho una criba, de azotes; y hasta lamuerte, todo es vida; quiero decir que aún yo la tengo, junto con el deseode cumplir con lo que he prometido.
Agradeciéndoselo don Quijote, comió algo, y Sancho mucho, y echáronse adormir entrambos, dejando a su albedrío y sin orden alguna pacer delabundosa yerba de que aquel prado estaba lleno a los dos continuoscompañeros y amigos Rocinante y el rucio. Despertaron algo tarde, volvierona subir y a seguir su camino, dándose priesa para llegar a una venta que,al parecer, una legua de allí se descubría. Digo que era venta porque donQuijote la llamó así, fuera del uso que tenía de llamar a todas las ventascastillos.
Llegaron, pues, a ella; preguntaron al huésped si había posada. Fuelesrespondido que sí, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar enZaragoza. Apeáronse y recogió Sancho su repostería en un aposento, de quienel huésped le dio la llave; llevó las bestias a la caballeriza, echóles suspiensos, salió a ver lo que don Quijote, que estaba sentado sobre un poyo,le mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no lehubiese parecido castillo aquella venta.
Llegóse la hora del cenar; recogiéronse a su estancia; preguntó Sancho alhuésped que qué tenía para darles de cenar. A lo que el huésped respondióque su boca sería medida; y así, que pidiese lo que quisiese: que de laspajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los pescados del marestaba proveída aquella venta.
-No es menester tanto -respondió Sancho-, que con un par de pollos que nosasen tendremos lo suficiente, porque mi señor es delicado y come poco, y yono soy tragantón en demasía.
Respondióle el huésped que no tenía pollos, porque los milanos los teníanasolados.
-Pues mande el señor huésped -dijo Sancho- asar una polla que sea tierna.
-¿Polla? ¡Mi padre! -respondió el huésped-. En verdad en verdad que enviéayer a la ciudad a vender más de cincuenta; pero, fuera de pollas, pidavuestra merced lo que quisiere.
-Desa manera -dijo Sancho-, no faltará ternera o cabrito.
-En casa, por ahora -respondió el huésped-, no lo hay, porque se haacabado; pero la semana que viene lo habrá de sobra.
-¡Medrados estamos con eso! -respondió Sancho-. Yo pondré que se vienen aresumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino yhuevos.
-¡Por Dios -respondió el huésped-, que es gentil relente el que mi huéspedtiene!, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y ¿quiere quetenga huevos? Discurra, si quisiere, por otras delicadezas, y déjese depedir gallinas.
-Resolvámonos, cuerpo de mí -dijo Sancho-, y dígame finalmente lo quetiene, y déjese de discurrimientos, señor huésped.
Dijo el ventero:
-Lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que parecen manosde ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están cocidascon sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo:''¡Coméme! ¡Coméme!''
-Por mías las marco desde aquí -dijo Sancho-; y nadie las toque, que yo laspagaré mejor que otro, porque para mí ninguna otra cosa pudiera esperar demás gusto, y no se me daría nada que fuesen manos, como fuesen uñas.
-Nadie las tocará -dijo el ventero-, porque otros huéspedes que tengo, depuro principales, traen consigo cocinero, despensero y repostería.
-Si por principales va -dijo Sancho-, ninguno más que mi amo; pero eloficio que él trae no permite despensas ni botillerías: ahí nos tendemos enmitad de un prado y nos hartamos de bellotas o de nísperos.
Esta fue la plática que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasaradelante en responderle; que ya le había preguntado qué oficio o quéejercicio era el de su amo.
Llegóse, pues, la hora del cenar, recogióse a su estancia don Quijote,trujo el huésped la olla, así como estaba, y sentóse a cenar muy depropósito. Parece ser que en otro aposento que junto al de don Quijoteestaba, que no le dividía más que un sutil tabique, oyó decir don Quijote:
-Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que trae lacena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.
Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie, y con oído alertoescuchó lo que dél trataban, y oyó que el tal don Jerónimo referidorespondió:
-¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estosdisparates? Y el que hubiere leído la primera parte de la historia de donQuijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer estasegunda.
-Con todo eso -dijo el don Juan-, será bien leerla, pues no hay libro tanmalo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en éste más desplace esque pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.
Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho, alzó la voz y dijo:
-Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puedeolvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales queva muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puedeser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es lafirmeza, y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerzaalguna.
-¿Quién es el que nos responde? -respondieron del otro aposento.
-¿Quién ha de ser -respondió Sancho- sino el mismo don Quijote de laMancha, que hará bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buenpagador no le duelen prendas.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposentodos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos echando los brazos alcuello de don Quijote, le dijo:
-Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombrepuede no acreditar vuestra presencia: sin duda, vos, señor, sois elverdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andantecaballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre yaniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquíos entrego.
Y, poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó donQuijote, y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un pocose le volvió, diciendo:
-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas dereprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; laotra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, yla tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía dela verdad en lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujerde Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sinoTeresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrátemer que yerra en todas las demás de la historia.
A esto dijo Sancho:
-¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuentode nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez!Torne a tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí y si me ha mudadoel nombre.
-Por lo que he oído hablar, amigo -dijo don Jerónimo-, sin duda debéis deser Sancho Panza, el escudero del señor don Quijote.
-Sí soy -respondió Sancho-, y me precio dello.
-Pues a fe -dijo el caballero- que no os trata este autor moderno con lalimpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor, y simple, y nonada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historiade vuestro amo se describe.
-Dios se lo perdone -dijo Sancho-. Dejárame en mi rincón, sin acordarse demí, porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma.
Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenarcon ellos, que bien sabían que en aquella venta no había cosaspertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fue comedido,condecenció con su demanda y cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla conmero mixto imperio; sentóse en cabecera de mesa, y con él el ventero, queno menos que Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado.
En el discurso de la cena preguntó don Juan a don Quijote qué nuevas teníade la señora Dulcinea del Toboso: si se había casado, si estaba parida opreñada, o si, estando en su entereza, se acordaba -guardando su honestidady buen decoro- de los amorosos pensamientos del señor don Quijote. A lo queél respondió:
-Dulcinea se está entera, y mis pensamientos, más firmes que nunca; lascorrespondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soezlabradora transformada.
Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea,y lo que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que elsabio Merlín le había dado para desencantarla, que fue la de los azotes deSancho.
Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de oír contar a donQuijote los estraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados desus disparates como del elegante modo con que los contaba. Aquí le teníanpor discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarsequé grado le darían entre la discreción y la locura.
Acabó de cenar Sancho, y, dejando hecho equis al ventero, se pasó a laestancia de su amo; y, en entrando, dijo:
-Que me maten, señores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienenquiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría que, ya que me llamacomilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho.
-Sí llama -dijo don Jerónimo-, pero no me acuerdo en qué manera, aunque séque son malsonantes las razones, y además, mentirosas, según yo echo de veren la fisonomía del buen Sancho que está presente.
-Créanme vuesas mercedes -dijo Sancho- que el Sancho y el don Quijote desahistoria deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso CideHamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto yenamorado; y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.
-Yo así lo creo -dijo don Juan-; y si fuera posible, se había de mandar queninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fueseCide Hamete, su primer autor, bien así como mandó Alejandro que ningunofuese osado a retratarle sino Apeles.
-Retráteme el que quisiere -dijo don Quijote-, pero no me maltrate; quemuchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.
-Ninguna -dijo don Juan- se le puede hacer al señor don Quijote de quien élno se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que, a miparecer, es fuerte y grande.
En estas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche; y, aunque donJuan quisiera que don Quijote leyera más del libro, por ver lo quediscantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leídoy lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticiade su autor que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que lehabía leído; pues de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se hande apartar, cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevabadeterminado su viaje. Respondió que a Zaragoza, a hallarse en las justasdel arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjoledon Juan que aquella nueva historia contaba como don Quijote, sea quiense quisiere, se había hallado en ella en una sortija, falta de invención,pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades.
-Por el mismo caso -respondió don Quijote-, no pondré los pies en Zaragoza,y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, yecharán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice.
-Hará muy bien -dijo don Jerónimo-; y otras justas hay en Barcelona, dondepodrá el señor don Quijote mostrar su valor.
-Así lo pienso hacer -dijo don Quijote-; y vuesas mercedes me den licencia,pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el número desus mayores amigos y servidores.
-Y a mí también -dijo Sancho-: quizá seré bueno para algo.
Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento,dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que habíahecho de su discreción y de su locura; y verdaderamente creyeron que éstoseran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autoraragonés.
Madrugó don Quijote, y, dando golpes al tabique del otro aposento, sedespidió de sus huéspedes. Pagó Sancho al ventero magníficamente, yaconsejóle que alabase menos la provisión de su venta, o la tuviese másproveída.
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