Capítulo LXII: Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Don Antonio Moreno se llamaba el huésped de don Quijote, caballero rico ydiscreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en sucasa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase aplaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiemposque valgan si son con daño de tercero. Lo primero que hizo fue hacerdesarmar a don Quijote y sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzadovestido -como ya otras veces le hemos descrito y pintado- a un balcón quesalía a una calle de las más principales de la ciudad, a vista de lasgentes y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevodelante dél los de las libreas, como si para él solo, no para alegrar aquelfestivo día, se las hubieran puesto; y Sancho estaba contentísimo, porparecerle que se había hallado, sin saber cómo ni cómo no, otras bodas deCamacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro castillo como eldel duque.

Comieron aquel día con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos ytratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco ypomposo, no cabía en sí de contento. Los donaires de Sancho fueron tantos,que de su boca andaban como colgados todos los criados de casa y todoscuantos le oían. Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:

-Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y dealbondiguillas, que, si os sobran, las guardáis en el seno para el otrodía.

-No, señor, no es así -respondió Sancho-, porque tengo más de limpio que degoloso, y mi señor don Quijote, que está delante, sabe bien que con un puñode bellotas, o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad esque si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla;quiero decir que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; yquienquiera que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio,téngase por dicho que no acierta; y de otra manera dijera esto si no miraraa las barbas honradas que están a la mesa.

-Por cierto -dijo don Quijote-, que la parsimonia y limpieza con que Sanchocome se puede escribir y grabar en láminas de bronce, para que quede enmemoria eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando él tienehambre, parece algo tragón, porque come apriesa y masca a dos carrillos;pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fuegobernador aprendió a comer a lo melindroso: tanto, que comía con tenedorlas uvas y aun los granos de la granada.

-¡Cómo! -dijo don Antonio-. ¿Gobernador ha sido Sancho?

-Sí -respondió Sancho-, y de una ínsula llamada la Barataria. Diez días lagoberné a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego, y aprendí a despreciartodos los gobiernos del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, dondeme tuve por muerto, de la cual salí vivo por milagro.

Contó don Quijote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho, con quedio gran gusto a los oyentes.

Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote,se entró con él en un apartado aposento, en el cual no había otra cosa deadorno que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo sesostenía, sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de losemperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce.Paseóse don Antonio con don Quijote por todo el aposento, rodeando muchasveces la mesa, después de lo cual dijo:

-Agora, señor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escuchaalguno, y está cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de lasmás raras aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden,con condición que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en losúltimos retretes del secreto.

-Así lo juro -respondió don Quijote-, y aun le echaré una losa encima, paramás seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, señor don Antonio-que ya sabía su nombre-, que está hablando con quien, aunque tiene oídospara oír, no tiene lengua para hablar; así que, con seguridad puede vuestramerced trasladar lo que tiene en su pecho en el mío y hacer cuenta que loha arrojado en los abismos del silencio.

-En fee de esa promesa -respondió don Antonio-, quiero poner a vuestramerced en admiración con lo que viere y oyere, y darme a mí algún alivio dela pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no sonpara fiarse de todos.

Suspenso estaba don Quijote, esperando en qué habían de parar tantasprevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio, se la paseó por lacabeza de bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que sesostenía, y luego dijo:

-Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de losmayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo erapolaco de nación y dicípulo del famoso Escotillo, de quien tantasmaravillas se cuentan; el cual estuvo aquí en mi casa, y por precio de milescudos que le di, labró esta cabeza, que tiene propiedad y virtud deresponder a cuantas cosas al oído le preguntaren. Guardó rumbos, pintócarácteres, observó astros, miró puntos, y, finalmente, la sacó con laperfeción que veremos mañana, porque los viernes está muda, y hoy, que loes, nos ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo podrá vuestramerced prevenirse de lo que querrá preguntar, que por esperiencia sé quedice verdad en cuanto responde.

Admirado quedó don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvopor no creer a don Antonio; pero, por ver cuán poco tiempo había para hacerla experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradecía el haberledescubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerró la puerta donAntonio con llave, y fuéronse a la sala, donde los demás caballerosestaban. En este tiempo les había contado Sancho muchas de las aventuras ysucesos que a su amo habían acontecido.

Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de rúa,vestido un balandrán de paño leonado, que pudiera hacer sudar en aqueltiempo al mismo yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sanchode modo que no le dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no sobreRocinante, sino sobre un gran macho de paso llano, y muy bien aderezado.Pusiéronle el balandrán, y en las espaldas, sin que lo viese, le cosieronun pargamino, donde le escribieron con letras grandes: Éste es don Quijotede la Mancha. En comenzando el paseo, llevaba el rétulo los ojos de cuantosvenían a verle, y como leían: Éste es don Quijote de la Mancha, admirábasedon Quijote de ver que cuantos le miraban le nombraban y conocían; y,volviéndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:

-Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pueshace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de latierra; si no, mire vuestra merced, señor don Antonio, que hasta losmuchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen.

-Así es, señor don Quijote -respondió don Antonio-, que, así como el fuegono puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de serconocida, y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece ycampea sobre todas las otras.

Acaeció, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, uncastellano que leyó el rétulo de las espaldas, alzó la voz, diciendo:

-¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí hasllegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tueres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura,fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos acuantos te tratan y comunican; si no, mírenlo por estos señores que teacompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tumujer y tus hijos, y déjate destas vaciedades que te carcomen el seso y tedesnatan el entendimiento.

-Hermano -dijo don Antonio-, seguid vuestro camino, y no deis consejos aquien no os los pide. El señor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, ynosotros, que le acompañamos, no somos necios; la virtud se ha de honrardondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no os metáis donde noos llaman.

-Pardiez, vuesa merced tiene razón -respondió el castellano-, que aconsejara este buen hombre es dar coces contra el aguijón; pero, con todo eso, meda muy gran lástima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas lascosas este mentecato se le desagüe por la canal de su andante caballería; yla enhoramala que vuesa merced dijo, sea para mí y para todos misdescendientes si de hoy más, aunque viviese más años que Matusalén, diereconsejo a nadie, aunque me lo pida.

Apartóse el consejero; siguió adelante el paseo; pero fue tanta la priesaque los muchachos y toda la gente tenía leyendo el rétulo, que se le hubode quitar don Antonio, como que le quitaba otra cosa.

Llegó la noche, volviéronse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer dedon Antonio, que era una señora principal y alegre, hermosa y discreta,convidó a otras sus amigas a que viniesen a honrar a su huésped y a gustarde sus nunca vistas locuras. Vinieron algunas, cenóse espléndidamente ycomenzóse el sarao casi a las diez de la noche. Entre las damas había dosde gusto pícaro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algodescompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. Éstasdieron tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, nosólo el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver la figura de don Quijote,largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y,sobre todo, no nada ligero. Requebrábanle como a hurto las damiselas, y él,también como a hurto, las desdeñaba; pero, viéndose apretar de requiebros,alzó la voz y dijo:

-Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos.Allá os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que es reina de losmíos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros quelos suyos me avasallen y rindan.

Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala, en el suelo, molido yquebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen enpeso a su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho, diciéndole:

-¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado! ¿Pensáis que todos losvalientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digoque si lo pensáis, que estáis engañado; hombre hay que se atreverá a matara un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubiérades de zapatear, yosupliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo deldanzar, no doy puntada.

Con estas y otras razones dio que reír Sancho a los del sarao, y dio con suamo en la cama, arropándole para que sudase la frialdad de su baile.

Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de lacabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dosseñoras que habían molido a don Quijote en el baile, que aquella propianoche se habían quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en laestancia donde estaba la cabeza. Contóles la propiedad que tenía,encargóles el secreto y díjoles que aquél era el primero día donde se habíade probar la virtud de la tal cabeza encantada; y si no eran los dos amigosde don Antonio, ninguna otra persona sabía el busilis del encanto, y aun sidon Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos, tambiénellos cayeran en la admiración en que los demás cayeron, sin ser posibleotra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.

El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio, ydíjole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:

-Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué pensamientos tengoyo agora?

Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y distinta,de modo que fue de todos entendida, esta razón:

-Yo no juzgo de pensamientos.

Oyendo lo cual, todos quedaron atónitos, y más viendo que en todo elaposento ni al derredor de la mesa no había persona humana que responderpudiese.

-¿Cuántos estamos aquí? -tornó a preguntar don Antonio.

Y fuele respondido por el propio tenor, paso:

-Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y uncaballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero queSancho Panza tiene por nombre.

¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo, aquí sí que fue el erizarse loscabellos a todos de puro espanto! Y, apartándose don Antonio de la cabeza,dijo:

-Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te mevendió, ¡cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirablecabeza! Llegue otro y pregúntele lo que quisiere.

Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, laprimera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio,y lo que le preguntó fue:

-Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?

Y fuele respondido:

-Sé muy honesta.

-No te pregunto más -dijo la preguntanta.

Llegó luego la compañera, y dijo:

-Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.

Y respondiéronle:

-Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.

Apartóse la casada diciendo:

-Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto, lasobras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.

Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle:

-¿Quién soy yo?

Y fuele respondido:

-Tú lo sabes.

-No te pregunto eso -respondió el caballero-, sino que me digas si meconoces tú.

-Sí conozco -le respondieron-, que eres don Pedro Noriz.

-No quiero saber más, pues esto basta para entender, ¡oh cabeza!, que losabes todo.

Y, apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle:

-Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?

-Ya yo he dicho -le respondieron- que yo no juzgo de deseos, pero, con todoeso, te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.

-Eso es -dijo el caballero-: lo que veo por los ojos, con el dedo loseñalo.

Y no preguntó más. Llegóse la mujer de don Antonio, y dijo:

-Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo querría saber de ti si gozarémuchos años de buen marido.

Y respondiéronle:

-Sí gozarás, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchosaños de vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.

Llegóse luego don Quijote, y dijo:

-Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que mepasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho miescudero? ¿Tendrá efeto el desencanto de Dulcinea?

-A lo de la cueva -respondieron- hay mucho que decir: de todo tiene; losazotes de Sancho irán de espacio, el desencanto de Dulcinea llegará adebida ejecución.

-No quiero saber más -dijo don Quijote-; que como yo vea a Dulcineadesencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas queacertare a desear.

El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue:

-¿Por ventura, cabeza, tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrecheza deescudero? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?

A lo que le respondieron:

-Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tushijos; y, dejando de servir, dejarás de ser escudero.

-¡Bueno, par Dios! -dijo Sancho Panza-. Esto yo me lo dijera: no dijera másel profeta Perogrullo.

-Bestia -dijo don Quijote-, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta quelas respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se lepregunta?

-Sí basta -respondió Sancho-, pero quisiera yo que se declarara más y medijera más.

Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acabó laadmiración en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio,que el caso sabían. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, porno tener suspenso al mundo, creyendo que algún hechicero y extraordinariomisterio en la tal cabeza se encerraba; y así, dice que don Antonio Moreno,a imitación de otra cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero,hizo ésta en su casa, para entretenerse y suspender a los ignorantes; y lafábrica era de esta suerte: la tabla de la mesa era de palo, pintada ybarnizada como jaspe, y el pie sobre que se sostenía era de lo mesmo, concuatro garras de águila que dél salían, para mayor firmeza del peso. Lacabeza, que parecía medalla y figura de emperador romano, y de color debronce, estaba toda hueca, y ni más ni menos la tabla de la mesa, en que seencajaba tan justamente, que ninguna señal de juntura se parecía. El pie dela tabla era ansimesmo hueco, que respondía a la garganta y pechos de lacabeza, y todo esto venía a responder a otro aposento que debajo de laestancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta ypechos de la medalla y figura referida se encaminaba un cañón de hoja delata, muy justo, que de nadie podía ser visto. En el aposento de abajocorrespondiente al de arriba se ponía el que había de responder, pegada laboca con el mesmo cañón, de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz dearriba abajo y de abajo arriba, en palabras articuladas y claras; y de estamanera no era posible conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio,estudiante agudo y discreto, fue el respondiente; el cual, estando avisadode su señor tío de los que habían de entrar con él en aquel día en elaposento de la cabeza, le fue fácil responder con presteza y puntualidad ala primera pregunta; a las demás respondió por conjeturas, y, comodiscreto, discretamente. Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o doce díasduró esta maravillosa máquina; pero que, divulgándose por la ciudad que donAntonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntabanrespondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas denuestra Fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, lemandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgoignorante no se escandalizase; pero en la opinión de don Quijote y deSancho Panza, la cabeza quedó por encantada y por respondona, más asatisfación de don Quijote que de Sancho.

Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar adon Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de corrersortija de allí a seis días; que no tuvo efecto por la ocasión que se diráadelante. Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie,temiendo que, si iba a caballo, le habían de perseguir los mochachos, yasí, él y Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron apasearse.

Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos don Quijote, y vioescrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros;de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprentaalguna, y deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo suacompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer enésta, enmendar en aquélla, y, finalmente, toda aquella máquina que en lasemprentas grandes se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón y preguntabaqué era aquéllo que allí se hacía; dábanle cuenta los oficiales, admirábasey pasaba adelante. Llegó en otras a uno, y preguntóle qué era lo que hacía.El oficial le respondió:

-Señor, este caballero que aquí está -y enseñóle a un hombre de muy buentalle y parecer y de alguna gravedad- ha traducido un libro toscano ennuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a laestampa.

-¿Qué título tiene el libro? -preguntó don Quijote.

-A lo que el autor respondió:

-Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.

-Y ¿qué responde le bagatele en nuestro castellano? -preguntó don Quijote.

-Le bagatele -dijo el autor- es como si en castellano dijésemos losjuguetes; y, aunque este libro es en el nombre humilde, contiene yencierra en sí cosas muy buenas y sustanciales.

-Yo -dijo don Quijote- sé algún tanto de el toscano, y me precio de cantaralgunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y nodigo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino porcuriosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?

-Sí, muchas veces -respondió el autor.

-Y ¿cómo la traduce vuestra merced en castellano? -preguntó don Quijote.

-¿Cómo la había de traducir -replicó el autor-, sino diciendo olla?

-¡Cuerpo de tal -dijo don Quijote-, y qué adelante está vuesa merced en eltoscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscanopiache, dice vuesa merced en el castellano place; y adonde diga più, dicemás, y el su declara con arriba, y el giù con abajo.

-Sí declaro, por cierto -dijo el autor-, porque ésas son sus propiascorrespondencias.

-Osaré yo jurar -dijo don Quijote- que no es vuesa merced conocido en elmundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loablestrabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingeniosarrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, meparece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas delas lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos porel revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que lasescurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir delenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el quetraslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quieroinferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otrascosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen.Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctorCristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáurigui,en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál eloriginal. Pero dígame vuestra merced: este libro, ¿imprímese por su cuenta,o tiene ya vendido el privilegio a algún librero?

-Por mi cuenta lo imprimo -respondió el autor-, y pienso ganar mil ducados,por lo menos, con esta primera impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos,y se han de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas.

-¡Bien está vuesa merced en la cuenta! -respondió don Quijote-. Bien pareceque no sabe las entradas y salidas de los impresores, y lascorrespondencias que hay de unos a otros; yo le prometo que, cuando se veacargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que seespante, y más si el libro es un poco avieso y no nada picante.

-Pues, ¿qué? -dijo el autor-. ¿Quiere vuesa merced que se lo dé a unlibrero, que me dé por el privilegio tres maravedís, y aún piensa que mehace merced en dármelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en elmundo, que ya en él soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin élno vale un cuatrín la buena fama.

-Dios le dé a vuesa merced buena manderecha -respondió don Quijote.

Y pasó adelante a otro cajón, donde vio que estaban corrigiendo un pliegode un libro que se intitulaba Luz del alma; y,en viéndole, dijo:

-Estos tales libros, aunque hay muchos deste género, son los que se debenimprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menesterinfinitas luces para tantos desalumbrados.

Pasó adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y,preguntando su título, le respondieron que se llamaba la Segunda parte delIngenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino deTordesillas.

-Ya yo tengo noticia deste libro -dijo don Quijote-, y en verdad y en miconciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, porimpertinente; pero su San Martín se le llegará, como a cada puerco, que lashistorias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegana la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuantoson más verdaderas.

Y, diciendo esto, con muestras de algún despecho, se salió de la emprenta.Y aquel mesmo día ordenó don Antonio de llevarle a ver las galeras que enla playa estaban, de que Sancho se regocijó mucho, a causa que en su vidalas había visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquellatarde había de llevar a verlas a su huésped el famoso don Quijote de laMancha, de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad teníannoticia; y lo que le sucedió en ellas se dirá en el siguiente capítulo.

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