Capítulo VII: De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando dio enla cuenta de sus tratos; y, imaginando que de aquella consulta había desalir la resolución de su tercera salida y tomando su manto, toda llena decongoja y pesadumbre, se fue a buscar al bachiller Sansón Carrasco,pareciéndole que, por ser bien hablado y amigo fresco de su señor, lepodría persuadir a que dejase tan desvariado propósito.

Hallóle paseándose por el patio de su casa, y, viéndole, se dejó caer antesus pies, trasudando y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tandoloridas y sobresaltadas, le dijo:

-¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha acontecido, que parece que se lequiere arrancar el alma?

-No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale; ¡sálese sin duda!

-Y ¿por dónde se sale, señora? -preguntó Sansón-. ¿Hásele roto alguna partede su cuerpo?

-No se sale -respondió ella-, sino por la puerta de su locura. Quierodecir, señor bachiller de mi ánima, que quiere salir otra vez, que con éstaserá la tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas, que yo nopuedo entender cómo les da este nombre. La vez primera nos le volvieronatravesado sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro debueyes, metido y encerrado en una jaula, adonde él se daba a entender queestaba encantado; y venía tal el triste, que no le conociera la madre quele parió: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchonesdel celebro, que, para haberle de volver algún tanto en sí, gasté más deseiscientos huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, queno me dejaran mentir.

-Eso creo yo muy bien -respondió el bachiller-; que ellas son tan buenas,tan gordas y tan bien criadas, que no dirán una cosa por otra, sireventasen. En efecto, señora ama: ¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otrodesmán alguno, sino el que se teme que quiere hacer el señor don Quijote?

-No, señor -respondió ella.

-Pues no tenga pena -respondió el bachiller-, sino váyase en hora buena asu casa, y téngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, decamino, vaya rezando la oración de Santa Apolonia si es que la sabe, que yoiré luego allá, y verá maravillas.

-¡Cuitada de mí! -replicó el ama-; ¿la oración de Santa Apolonia dicevuestra merced que rece?: eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas,pero no lo ha sino de los cascos.

-Yo sé lo que digo, señora ama: váyase y no se ponga a disputar conmigo,pues sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay más que bachillear-respondió Carrasco.

Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, acomunicar con él lo que se dirá a su tiempo.

En el que estuvieron encerrados don Quijote y Sancho, pasaron las razonesque con mucha puntualidad y verdadera relación cuenta la historia.

Dijo Sancho a su amo:

-Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra mercedadonde quisiere llevarme.

-Reducida has de decir, Sancho -dijo don Quijote-, que no relucida.

-Una o dos veces -respondió Sancho-, si mal no me acuerdo, he suplicado avuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo quequiero decir en ellos, y que, cuando no los entienda, diga: ''Sancho, odiablo, no te entiendo''; y si yo no me declarare, entonces podráemendarme; que yo soy tan fócil...

-No te entiendo, Sancho -dijo luego don Quijote-, pues no sé qué quieredecir soy tan fócil.

-Tan fócil quiere decir -respondió Sancho- soy tan así.

-Menos te entiendo agora -replicó don Quijote.

-Pues si no me puede entender -respondió Sancho-, no sé cómo lo diga: no sémás, y Dios sea conmigo.

-Ya, ya caigo -respondió don Quijote- en ello: tú quieres decir que erestan dócil, blando y mañero que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás porlo que te enseñare.

-Apostaré yo -dijo Sancho- que desde el emprincipio me caló y me entendió,sino que quiso turbarme por oírme decir otras docientas patochadas.

-Podrá ser -replicó don Quijote-. Y, en efecto, ¿qué dice Teresa?

-Teresa dice -dijo Sancho- que ate bien mi dedo con vuestra merced, y quehablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues másvale un toma que dos te daré. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco,y el que no le toma es loco.

-Y yo lo digo también -respondió don Quijote-. Decid, Sancho amigo; pasáadelante, que habláis hoy de perlas.

-Es el caso -replicó Sancho- que, como vuestra merced mejor sabe, todosestamos sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan prestose va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en estemundo más horas de vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte essorda, y, cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre vadepriesa y no la harán detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros, nimitras, según es pública voz y fama, y según nos lo dicen por esospúlpitos.

-Todo eso es verdad -dijo don Quijote-, pero no sé dónde vas a parar.

-Voy a parar -dijo Sancho- en que vuesa merced me señale salario conocidode lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el talsalario se me pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes, quellegan tarde, o mal, o nunca; con lo mío me ayude Dios. En fin, yo quierosaber lo que gano, poco o mucho que sea, que sobre un huevo pone lagallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no sepierde nada. Verdad sea que si sucediese, lo cual ni lo creo ni lo espero,que vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy taningrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecielo que montare la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi salario gatapor cantidad.

-Sancho amigo -respondió don Quijote-, a las veces, tan buena suele ser unagata como una rata.

-Ya entiendo -dijo Sancho-: yo apostaré que había de decir rata, y no gata;pero no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.

-Y tan entendido -respondió don Quijote- que he penetrado lo último de tuspensamientos, y sé al blanco que tiras con las inumerables saetas de tusrefranes. Mira, Sancho: yo bien te señalaría salario, si hubiera hallado enalguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que medescubriese y mostrase, por algún pequeño resquicio, qué es lo que solíanganar cada mes, o cada año; pero yo he leído todas o las más de sushistorias, y no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante hayaseñalado conocido salario a su escudero. Sólo sé que todos servían amerced, y que, cuando menos se lo pensaban, si a sus señores les habíacorrido bien la suerte, se hallaban premiados con una ínsula, o con otracosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con título y señoría. Si conestas esperanzas y aditamentos vos, Sancho, gustáis de volver a servirme,sea en buena hora: que pensar que yo he de sacar de sus términos y quiciosla antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo escusado. Asíque, Sancho mío, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra Teresa miintención; y si ella gustare y vos gustáredes de estar a merced conmigo,bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no lefalta cebo, no le faltarán palomas. Y advertid, hijo, que vale más buenaesperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de estamanera, Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojarrefranes como llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si noqueréis venir a merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Diosquede con vos y os haga un santo; que a mí no me faltarán escuderos másobedientes, más solícitos, y no tan empachados ni tan habladores como vos.

Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo se le anubló el cielo y sele cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no seiría sin él por todos los haberes del mundo; y así, estando suspenso ypensativo, entró Sansón Carrasco y la sobrina, deseosos de oír con quérazones persuadía a su señor que no tornarse a buscar las aventuras. LlegóSansón, socarrón famoso, y, abrazándole como la vez primera y con vozlevantada, le dijo:

-¡Oh flor de la andante caballería; oh luz resplandeciente de las armas; ohhonor y espejo de la nación española! Plega a Dios todopoderoso, donde máslargamente se contiene, que la persona o personas que pusieren impedimentoy estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de susdeseos, ni jamás se les cumpla lo que mal desearen.

Y, volviéndose al ama, le dijo:

-Bien puede la señora ama no rezar más la oración de Santa Apolonia, que yosé que es determinación precisa de las esferas que el señor don Quijotevuelva a ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargaría mucho miconciencia si no intimase y persuadiese a este caballero que no tenga mástiempo encogida y detenida la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de suánimo valentísimo, porque defrauda con su tardanza el derecho de lostuertos, el amparo de los huérfanos, la honra de las doncellas, el favor delas viudas y el arrimo de las casadas, y otras cosas deste jaez, que tocan,atañen, dependen y son anejas a la orden de la caballería andante. ¡Ea,señor don Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que mañana se pongavuestra merced y su grandeza en camino; y si alguna cosa faltare paraponerle en ejecución, aquí estoy yo para suplirla con mi persona yhacienda; y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de escudero, lotendré a felicísima ventura!

A esta sazón, dijo don Quijote, volviéndose a Sancho:

-¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar escuderos? Mira quién seofrece a serlo, sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco, perpetuotrastulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sanode su persona, ágil de sus miembros, callado, sufridor así del calor comodel frío, así de la hambre como de la sed, con todas aquellas partes que serequieren para ser escudero de un caballero andante. Pero no permita elcielo que, por seguir mi gusto, desjarrete y quiebre la coluna de lasletras y el vaso de las ciencias, y tronque la palma eminente de las buenasy liberales artes. Quédese el nuevo Sansón en su patria, y, honrándola,honre juntamente las canas de sus ancianos padres; que yo con cualquierescudero estaré contento, ya que Sancho no se digna de venir conmigo.

-Sí digno -respondió Sancho, enternecido y llenos de lágrimas los ojos; yprosiguió-: No se dirá por mí, señor mío: el pan comido y la compañíadeshecha; sí, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabetodo el mundo, y especialmente mi pueblo, quién fueron los Panzas, de quienyo deciendo, y más, que tengo conocido y calado por muchas buenas obras, ypor más buenas palabras, el deseo que vuestra merced tiene de hacermemerced; y si me he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca de misalario, ha sido por complacer a mi mujer; la cual, cuando toma la mano apersuadir una cosa, no hay mazo que tanto apriete los aros de una cuba comoella aprieta a que se haga lo que quiere; pero, en efeto, el hombre ha deser hombre, y la mujer, mujer; y, pues yo soy hombre dondequiera, que no lopuedo negar, también lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y así,no hay más que hacer, sino que vuestra merced ordene su testamento con sucodicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos luego en camino,porque no padezca el alma del señor Sansón, que dice que su conciencia lelita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese mundo; y yode nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan bien ymejor que cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en lospasados y presentes tiempos.

Admirado quedó el bachiller de oír el término y modo de hablar de SanchoPanza; que, puesto que había leído la primera historia de su señor, nuncacreyó que era tan gracioso como allí le pintan; pero, oyéndole decir ahoratestamento y codicilo que no se pueda revolcar, en lugar de testamento ycodicilo que no se pueda revocar, creyó todo lo que dél había leído, yconfirmólo por uno de los más solenes mentecatos de nuestros siglos; y dijoentre sí que tales dos locos como amo y mozo no se habrían visto en elmundo.

Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y conparecer y beneplácito del gran Carrasco, que por entonces era su oráculo,se ordenó que de allí a tres días fuese su partida; en los cuales habríalugar de aderezar lo necesario para el viaje, y de buscar una celada deencaje, que en todas maneras dijo don Quijote que la había de llevar.Ofreciósela Sansón, porque sabía no se la negaría un amigo suyo que latenía, puesto que estaba más escura por el orín y el moho que clara ylimpia por el terso acero.

Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller notuvieron cuento: mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y, al modo delas endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera lamuerte de su señor. El designo que tuvo Sansón, para persuadirle a que otravez saliese, fue hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejodel cura y del barbero, con quien él antes lo había comunicado.

En resolución, en aquellos tres días don Quijote y Sancho se acomodaron delo que les pareció convenirles; y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, ydon Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese,sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, sepusieron en camino del Toboso: don Quijote sobre su buen Rocinante, ySancho sobre su antiguo rucio, proveídas las alforjas de cosas tocantes ala bucólica, y la bolsa de dineros que le dio don Quijote para lo que seofreciese. Abrazóle Sansón, y suplicóle le avisase de su buena o malasuerte, para alegrarse con ésta o entristecerse con aquélla, como las leyesde su amistad pedían. Prometióselo don Quijote, dio Sansón la vuelta a sulugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso.

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