Capítulo LXXII: De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
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Capítulo LXXII
Todo aquel día, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mesón donQuijote y Sancho: el uno, para acabar en la campaña rasa la tanda de sudiciplina, y el otro, para ver el fin della, en el cual consistía el de sudeseo. Llegó en esto al mesón un caminante a caballo, con tres o cuatrocriados, uno de los cuales dijo al que el señor dellos parecía:
-Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: laposada parece limpia y fresca.
Oyendo esto don Quijote, le dijo a Sancho:
-Mira, Sancho: cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mihistoria, me parece que de pasada topé allí este nombre de don ÁlvaroTarfe.
-Bien podrá ser -respondió Sancho-. Dejémosle apear, que después se lopreguntaremos.
El caballero se apeó, y, frontero del aposento de don Quijote, la huéspedale dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas, como las quetenía la estancia de don Quijote. Púsose el recién venido caballero a lo deverano, y, saliéndose al portal del mesón, que era espacioso y fresco, porel cual se paseaba don Quijote, le preguntó:
-¿Adónde bueno camina vuestra merced, señor gentilhombre?
Y don Quijote le respondió:
-A una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced,¿dónde camina?
-Yo, señor -respondió el caballero-, voy a Granada, que es mi patria.
-¡Y buena patria! -replicó don Quijote-. Pero, dígame vuestra merced, porcortesía, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo más delo que buenamente podré decir.
-Mi nombre es don Álvaro Tarfe -respondió el huésped.
A lo que replicó don Quijote:
-Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don ÁlvaroTarfe que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don Quijote dela Mancha, recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.
-El mismo soy -respondió el caballero-, y el tal don Quijote, sujetoprincipal de la tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que lesacó de su tierra, o, a lo menos, le moví a que viniese a unas justas quese hacían en Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hicemuchas amistades, y que le quité de que no le palmease las espaldas elverdugo, por ser demasiadamente atrevido.
-Y, dígame vuestra merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese taldon Quijote que vuestra merced dice?
-No, por cierto -respondió el huésped-: en ninguna manera.
-Y ese don Quijote -dijo el nuestro-, ¿traía consigo a un escudero llamadoSancho Panza?
-Sí traía -respondió don Álvaro-; y, aunque tenía fama de muy gracioso,nunca le oí decir gracia que la tuviese.
-Eso creo yo muy bien -dijo a esta sazón Sancho-, porque el decir graciasno es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre,debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que elverdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y si no,haga vuestra merced la experiencia, y ándese tras de mí, por los menos unaño, y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yolas más veces lo que me digo, hago reír a cuantos me escuchan; y elverdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto,el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos,el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene porúnica señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que estápresente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otroSancho Panza es burlería y cosa de sueño.
-¡Por Dios que lo creo! -respondió don Álvaro-, porque más gracias habéisdicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro SanchoPanza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas. Más tenía de comilónque de bien hablado, y más de tonto que de gracioso, y tengo por sin dudaque los encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han queridoperseguirme a mí con don Quijote el malo. Pero no sé qué me diga; que osaréyo jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que lecuren, y agora remanece aquí otro don Quijote, aunque bien diferente delmío.
-Yo -dijo don Quijote- no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy elmalo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor donÁlvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza;antes, por haberme dicho que ese don Quijote fantástico se había hallado enlas justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbasdel mundo su mentira; y así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de lacortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria delos valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmesamistades, y, en sitio y en belleza, única. Y, aunque los sucesos que enella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, losllevo sin ella, sólo por haberla visto. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe,yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no esedesventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mispensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero,sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de quevuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, yde que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este SanchoPanza mi escudero es aquél que vuestra merced conoció.
-Eso haré yo de muy buena gana -respondió don Álvaro-, puesto que causeadmiración ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tanconformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a deciry me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que hapasado.
-Sin duda -dijo Sancho- que vuestra merced debe de estar encantado, comomi señora Dulcinea del Toboso, y pluguiera al cielo que estuviera sudesencanto de vuestra merced en darme otros tres mil y tantos azotes comome doy por ella, que yo me los diera sin interés alguno.
-No entiendo eso de azotes -dijo don Álvaro.
Y Sancho le respondió que era largo de contar, pero que él se lo contaríasi acaso iban un mesmo camino.
Llegóse en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don Álvaro.Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante elcual alcalde pidió don Quijote, por una petición, de que a su derechoconvenía de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente,declarase ante su merced como no conocía a don Quijote de la Mancha, queasimismo estaba allí presente, y que no era aquél que andaba impreso en unahistoria intitulada: Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuestapor un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcaldeproveyó jurídicamente; la declaración se hizo con todas las fuerzas que entales casos debían hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muyalegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostraraclaro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos susobras y sus palabras. Muchas de cortesías y ofrecimientos pasaron entre donÁlvaro y don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción,de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error en que estaba; el cualse dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dostan contrarios don Quijotes.
Llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar, y a obra de media legua seapartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de donQuijote, y el otro el que había de llevar don Álvaro. En este poco espaciole contó don Quijote la desgracia de su vencimiento y el encanto y elremedio de Dulcinea, que todo puso en nueva admiración a don Álvaro, elcual, abrazando a don Quijote y a Sancho, siguió su camino, y don Quijoteel suyo, que aquella noche la pasó entre otros árboles, por dar lugar aSancho de cumplir su penitencia, que la cumplió del mismo modo que lapasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto más que de susespaldas, que las guardó tanto, que no pudieran quitar los azotes unamosca, aunque la tuviera encima.
No perdió el engañado don Quijote un solo golpe de la cuenta, y halló quecon los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que habíamadrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir sucamino, tratando entre los dos del engaño de don Álvaro y de cuán bienacordado había sido tomar su declaración ante la justicia, y tanauténticamente.
Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse,si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don Quijotecontento sobremodo, y esperaba el día, por ver si en el camino topaba yadesencantada a Dulcinea su señora; y, siguiendo su camino, no topaba mujerninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo porinfalible no poder mentir las promesas de Merlín.
Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cualdescubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hincó de rodillas ydijo:
-Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tuhijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tuhijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedorde sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento quedesearse puede. Dineros llevo, porque si buenos azotes me daban, biencaballero me iba.
-Déjate desas sandeces -dijo don Quijote-, y vamos con pie derecho a entraren nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la trazaque en la pastoral vida pensamos ejercitar.
Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.
-Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: laposada parece limpia y fresca.
Oyendo esto don Quijote, le dijo a Sancho:
-Mira, Sancho: cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mihistoria, me parece que de pasada topé allí este nombre de don ÁlvaroTarfe.
-Bien podrá ser -respondió Sancho-. Dejémosle apear, que después se lopreguntaremos.
El caballero se apeó, y, frontero del aposento de don Quijote, la huéspedale dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas, como las quetenía la estancia de don Quijote. Púsose el recién venido caballero a lo deverano, y, saliéndose al portal del mesón, que era espacioso y fresco, porel cual se paseaba don Quijote, le preguntó:
-¿Adónde bueno camina vuestra merced, señor gentilhombre?
Y don Quijote le respondió:
-A una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced,¿dónde camina?
-Yo, señor -respondió el caballero-, voy a Granada, que es mi patria.
-¡Y buena patria! -replicó don Quijote-. Pero, dígame vuestra merced, porcortesía, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo más delo que buenamente podré decir.
-Mi nombre es don Álvaro Tarfe -respondió el huésped.
A lo que replicó don Quijote:
-Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don ÁlvaroTarfe que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don Quijote dela Mancha, recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.
-El mismo soy -respondió el caballero-, y el tal don Quijote, sujetoprincipal de la tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que lesacó de su tierra, o, a lo menos, le moví a que viniese a unas justas quese hacían en Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hicemuchas amistades, y que le quité de que no le palmease las espaldas elverdugo, por ser demasiadamente atrevido.
-Y, dígame vuestra merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese taldon Quijote que vuestra merced dice?
-No, por cierto -respondió el huésped-: en ninguna manera.
-Y ese don Quijote -dijo el nuestro-, ¿traía consigo a un escudero llamadoSancho Panza?
-Sí traía -respondió don Álvaro-; y, aunque tenía fama de muy gracioso,nunca le oí decir gracia que la tuviese.
-Eso creo yo muy bien -dijo a esta sazón Sancho-, porque el decir graciasno es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre,debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que elverdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y si no,haga vuestra merced la experiencia, y ándese tras de mí, por los menos unaño, y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yolas más veces lo que me digo, hago reír a cuantos me escuchan; y elverdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto,el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos,el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene porúnica señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que estápresente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otroSancho Panza es burlería y cosa de sueño.
-¡Por Dios que lo creo! -respondió don Álvaro-, porque más gracias habéisdicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro SanchoPanza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas. Más tenía de comilónque de bien hablado, y más de tonto que de gracioso, y tengo por sin dudaque los encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han queridoperseguirme a mí con don Quijote el malo. Pero no sé qué me diga; que osaréyo jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que lecuren, y agora remanece aquí otro don Quijote, aunque bien diferente delmío.
-Yo -dijo don Quijote- no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy elmalo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor donÁlvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza;antes, por haberme dicho que ese don Quijote fantástico se había hallado enlas justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbasdel mundo su mentira; y así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de lacortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria delos valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmesamistades, y, en sitio y en belleza, única. Y, aunque los sucesos que enella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, losllevo sin ella, sólo por haberla visto. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe,yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no esedesventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mispensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero,sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de quevuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, yde que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este SanchoPanza mi escudero es aquél que vuestra merced conoció.
-Eso haré yo de muy buena gana -respondió don Álvaro-, puesto que causeadmiración ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tanconformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a deciry me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que hapasado.
-Sin duda -dijo Sancho- que vuestra merced debe de estar encantado, comomi señora Dulcinea del Toboso, y pluguiera al cielo que estuviera sudesencanto de vuestra merced en darme otros tres mil y tantos azotes comome doy por ella, que yo me los diera sin interés alguno.
-No entiendo eso de azotes -dijo don Álvaro.
Y Sancho le respondió que era largo de contar, pero que él se lo contaríasi acaso iban un mesmo camino.
Llegóse en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don Álvaro.Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante elcual alcalde pidió don Quijote, por una petición, de que a su derechoconvenía de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente,declarase ante su merced como no conocía a don Quijote de la Mancha, queasimismo estaba allí presente, y que no era aquél que andaba impreso en unahistoria intitulada: Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuestapor un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcaldeproveyó jurídicamente; la declaración se hizo con todas las fuerzas que entales casos debían hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muyalegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostraraclaro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos susobras y sus palabras. Muchas de cortesías y ofrecimientos pasaron entre donÁlvaro y don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción,de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error en que estaba; el cualse dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dostan contrarios don Quijotes.
Llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar, y a obra de media legua seapartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de donQuijote, y el otro el que había de llevar don Álvaro. En este poco espaciole contó don Quijote la desgracia de su vencimiento y el encanto y elremedio de Dulcinea, que todo puso en nueva admiración a don Álvaro, elcual, abrazando a don Quijote y a Sancho, siguió su camino, y don Quijoteel suyo, que aquella noche la pasó entre otros árboles, por dar lugar aSancho de cumplir su penitencia, que la cumplió del mismo modo que lapasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto más que de susespaldas, que las guardó tanto, que no pudieran quitar los azotes unamosca, aunque la tuviera encima.
No perdió el engañado don Quijote un solo golpe de la cuenta, y halló quecon los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que habíamadrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir sucamino, tratando entre los dos del engaño de don Álvaro y de cuán bienacordado había sido tomar su declaración ante la justicia, y tanauténticamente.
Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse,si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don Quijotecontento sobremodo, y esperaba el día, por ver si en el camino topaba yadesencantada a Dulcinea su señora; y, siguiendo su camino, no topaba mujerninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo porinfalible no poder mentir las promesas de Merlín.
Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cualdescubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hincó de rodillas ydijo:
-Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tuhijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tuhijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedorde sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento quedesearse puede. Dineros llevo, porque si buenos azotes me daban, biencaballero me iba.
-Déjate desas sandeces -dijo don Quijote-, y vamos con pie derecho a entraren nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la trazaque en la pastoral vida pensamos ejercitar.
Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.
Capítulo anterior: De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea
Capítulo siguiente: De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia