Capítulo LXXIV: De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo anterior: De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia
Capítulo LXXIV
Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de susprincipios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de loshombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo paradetener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lopensaba; porque, o ya fuese de la melancolía que le causaba el versevencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se learraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fuevisitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos,sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero.
Éstos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido sudeseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte,por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachillerque se animase y levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para elcual tenía ya compuesta una écloga, que mal año para cuantas Sanazaro habíacompuesto, y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perrospara guardar el ganado: el uno llamado Barcino, y el otro Butrón, que selos había vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba donQuijote sus tristezas.
Llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho, ydijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la delcuerpo corría peligro. Oyólo don Quijote con ánimo sosegado, pero no looyeron así su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorartiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer delmédico que melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó don Quijote quele dejasen solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así y durmió deun tirón, como dicen, más de seis horas; tanto, que pensaron el ama y lasobrina que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo del tiempodicho, y, dando una gran voz, dijo:
-¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, susmisericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados delos hombres.
Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío, y pareciéronle másconcertadas que él solía decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, ypreguntóle:
-¿Qué es lo que vuestra merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Quémisericordias son éstas, o qué pecados de los hombres?
-Las misericordias -respondió don Quijote-, sobrina, son las que en esteinstante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mispecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas dela ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de losdetestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y susembelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, queno me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luzdel alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de talmodo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejaserenombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querría confirmar estaverdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos: el cura, albachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás, el barbero, que quieroconfesarme y hacer mi testamento.
Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los tres.Apenas los vio don Quijote, cuando dijo:
-Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de laMancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre deBueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva desu linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andantecaballería, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlasleído, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, lasabomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nuevalocura le había tomado. Y Sansón le dijo:
-¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada laseñora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿agora que estamos tan apique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes,quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí, ydéjese de cuentos.
-Los de hasta aquí -replicó don Quijote-, que han sido verdaderos en midaño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo,señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, ytraíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mitestamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre conel alma; y así, suplico que, en tanto que el señor cura me confiesa, vayanpor el escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunqueen duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron semoría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque alas ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas ycon tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer queestaba cuerdo.
Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle.
El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y conSancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en quéestado estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzóa hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió elcura, diciendo:
-Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano elBueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.
Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrinay de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventarlas lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque,verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fueAlonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de laMancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por estono sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos leconocían.
Entró el escribano con los demás, y, después de haber hecho la cabeza deltestamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellascircunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:
-Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien enmi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre él y míciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos,ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, después de habersepagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buenprovecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle elgobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino,se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lomerece.
Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo,haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y haycaballeros andantes en el mundo.
-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío,sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puedehacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin quenadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire nosea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos depastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos ala señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que semuere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que porhaber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestramerced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinariaderribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedormañana.
-Así es -dijo Sansón-, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destoscasos.
-Señores -dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos deantaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijotede la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Puedacon vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a laestimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.
»Ítem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, misobrina, que está presente, habiendo sacado primero de lo más bien paradodella lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y laprimera satisfación que se haga quiero que sea pagar el salario que debodel tiempo que mi ama me ha servido, y más veinte ducados para un vestido.Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco,que están presentes.
»Ítem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse,se case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabequé cosas sean libros de caballerías; y, en caso que se averiguare que losabe, y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él, y se casare,pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir enobras pías a su voluntad.
»Ítem, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte lestrujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda porahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de laMancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone laocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandesdisparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo dehaberle dado motivo para escribirlos.
Cerró con esto el testamento, y, tomándole un desmayo, se tendió de largo alargo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tresdías que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy amenudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la sobrina,brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algoborra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que dejeel muerto.
En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos lossacramentos, y después de haber abominado con muchas y eficaces razones delos libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nuncahabía leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andantehubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como donQuijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron,dio su espíritu: quiero decir que se murió.
Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio comoAlonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha, habíapasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimoniopedía para quitar la ocasión de algún otro autor que Cide Hamete Benengelile resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas.
Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso ponerCide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de laMancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, comocontendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.
Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote,los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansón Carrasco le puso éste:
Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:
-Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé sibien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, sipresuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejormodo que pudieres:
''¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada;
porque esta impresa, buen rey,
para mí estaba guardada.
Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir;solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido ytordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma deavestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero,porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; aquien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en lasepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quierallevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja,haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido delargo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que,para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastanlas dos que él hizo, tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticiallegaron, así en éstos como en los estraños reinos''. Y con esto cumpliráscon tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yoquedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto desus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo queponer en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadashistorias de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero donQuijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.
Fin
Éstos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido sudeseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte,por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachillerque se animase y levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para elcual tenía ya compuesta una écloga, que mal año para cuantas Sanazaro habíacompuesto, y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perrospara guardar el ganado: el uno llamado Barcino, y el otro Butrón, que selos había vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba donQuijote sus tristezas.
Llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho, ydijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la delcuerpo corría peligro. Oyólo don Quijote con ánimo sosegado, pero no looyeron así su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorartiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer delmédico que melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó don Quijote quele dejasen solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así y durmió deun tirón, como dicen, más de seis horas; tanto, que pensaron el ama y lasobrina que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo del tiempodicho, y, dando una gran voz, dijo:
-¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, susmisericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados delos hombres.
Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío, y pareciéronle másconcertadas que él solía decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, ypreguntóle:
-¿Qué es lo que vuestra merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Quémisericordias son éstas, o qué pecados de los hombres?
-Las misericordias -respondió don Quijote-, sobrina, son las que en esteinstante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mispecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas dela ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de losdetestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y susembelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, queno me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luzdel alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de talmodo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejaserenombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querría confirmar estaverdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos: el cura, albachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás, el barbero, que quieroconfesarme y hacer mi testamento.
Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los tres.Apenas los vio don Quijote, cuando dijo:
-Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de laMancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre deBueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva desu linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andantecaballería, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlasleído, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, lasabomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nuevalocura le había tomado. Y Sansón le dijo:
-¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada laseñora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿agora que estamos tan apique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes,quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí, ydéjese de cuentos.
-Los de hasta aquí -replicó don Quijote-, que han sido verdaderos en midaño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo,señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, ytraíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mitestamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre conel alma; y así, suplico que, en tanto que el señor cura me confiesa, vayanpor el escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunqueen duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron semoría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque alas ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas ycon tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer queestaba cuerdo.
Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle.
El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y conSancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en quéestado estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzóa hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió elcura, diciendo:
-Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano elBueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.
Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrinay de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventarlas lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque,verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fueAlonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de laMancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por estono sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos leconocían.
Entró el escribano con los demás, y, después de haber hecho la cabeza deltestamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellascircunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:
-Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien enmi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre él y míciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos,ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, después de habersepagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buenprovecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle elgobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino,se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lomerece.
Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo,haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y haycaballeros andantes en el mundo.
-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío,sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puedehacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin quenadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire nosea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos depastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos ala señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que semuere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que porhaber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestramerced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinariaderribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedormañana.
-Así es -dijo Sansón-, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destoscasos.
-Señores -dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos deantaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijotede la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Puedacon vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a laestimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.
»Ítem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, misobrina, que está presente, habiendo sacado primero de lo más bien paradodella lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y laprimera satisfación que se haga quiero que sea pagar el salario que debodel tiempo que mi ama me ha servido, y más veinte ducados para un vestido.Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco,que están presentes.
»Ítem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse,se case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabequé cosas sean libros de caballerías; y, en caso que se averiguare que losabe, y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él, y se casare,pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir enobras pías a su voluntad.
»Ítem, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte lestrujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda porahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de laMancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone laocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandesdisparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo dehaberle dado motivo para escribirlos.
Cerró con esto el testamento, y, tomándole un desmayo, se tendió de largo alargo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tresdías que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy amenudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la sobrina,brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algoborra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que dejeel muerto.
En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos lossacramentos, y después de haber abominado con muchas y eficaces razones delos libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nuncahabía leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andantehubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como donQuijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron,dio su espíritu: quiero decir que se murió.
Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio comoAlonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha, habíapasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimoniopedía para quitar la ocasión de algún otro autor que Cide Hamete Benengelile resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas.
Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso ponerCide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de laMancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, comocontendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.
Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote,los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansón Carrasco le puso éste:
Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:
-Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé sibien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, sipresuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejormodo que pudieres:
''¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada;
porque esta impresa, buen rey,
para mí estaba guardada.
Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir;solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido ytordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma deavestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero,porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; aquien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en lasepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quierallevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja,haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido delargo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que,para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastanlas dos que él hizo, tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticiallegaron, así en éstos como en los estraños reinos''. Y con esto cumpliráscon tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yoquedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto desus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo queponer en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadashistorias de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero donQuijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.
Fin
Capítulo anterior: De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia