Capítulo VIII: Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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''¡Bendito sea el poderoso Alá! -dice Hamete Benengeli al comienzo desteoctavo capítulo-. ¡Bendito sea Alá!'', repite tres veces; y dice que daestas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho,y que los letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desdeeste punto comienzan las hazañas y donaires de don Quijote y de suescudero; persuádeles que se les olviden las pasadas caballerías delingenioso hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que desdeagora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en loscampos de Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto como él promete; yasí prosigue diciendo:

Solos quedaron don Quijote y Sancho, y, apenas se hubo apartado Sansón,cuando comenzó a relinchar Rocinante y a sospirar el rucio, que deentrambos, caballero y escudero, fue tenido a buena señal y por felicísimoagüero; aunque, si se ha de contar la verdad, más fueron los sospiros yrebuznos del rucio que los relinchos del rocín, de donde coligió Sancho quesu ventura había de sobrepujar y ponerse encima de la de su señor,fundándose no sé si en astrología judiciaria que él se sabía, puesto que lahistoria no lo declara; sólo le oyeron decir que, cuando tropezaba o caía,se holgara no haber salido de casa, porque del tropezar o caer no se sacabaotra cosa sino el zapato roto o las costillas quebradas; y, aunque tonto,no andaba en esto muy fuera de camino. Díjole don Quijote:

-Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más escuridadde la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso,adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allítomaré la bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea, con la cuallicencia pienso y tengo por cierto de acabar y dar felice cima a todapeligrosa aventura, porque ninguna cosa desta vida hace más valientes a loscaballeros andantes que verse favorecidos de sus damas.

-Yo así lo creo -respondió Sancho-; pero tengo por dificultoso que vuestramerced pueda hablarla ni verse con ella, en parte, a lo menos, que puedarecebir su bendición, si ya no se la echa desde las bardas del corral, pordonde yo la vi la vez primera, cuando le llevé la carta donde iban lasnuevas de las sandeces y locuras que vuestra merced quedaba haciendo en elcorazón de Sierra Morena.

-¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas, Sancho -dijo don Quijote-,adonde o por donde viste aquella jamás bastantemente alabada gentileza yhermosura? No debían de ser sino galerías o corredores, o lonjas, o comolas llaman, de ricos y reales palacios.

-Todo pudo ser -respondió Sancho-, pero a mí bardas me parecieron, si no esque soy falto de memoria.

-Con todo eso, vamos allá, Sancho -replicó don Quijote-, que como yo lavea, eso se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, overjas de jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue amis ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón, de modo quequede único y sin igual en la discreción y en la valentía.

-Pues en verdad, señor -respondió Sancho-, que cuando yo vi ese sol de laseñora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar desí rayos algunos, y debió de ser que, como su merced estaba ahechando aqueltrigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante elrostro y se le escureció.

-¡Que todavía das, Sancho -dijo don Quijote-, en decir, en pensar, en creery en porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menestery ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personasprincipales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios yentretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad...! Malse te acuerdan a ti, ¡oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta dondenos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellascuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron alabrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poetanos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Ydesta manera debía de ser el de mi señora cuando tú la viste; sino que laenvidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las queme han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen;y así, temo que, en aquella historia que dicen que anda impresa de mishazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrápuesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras,divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere lacontinuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitosmales y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no séqué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos,rancores y rabias.

-Eso es lo que yo digo también -respondió Sancho-, y pienso que en esaleyenda o historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros habíavisto debe de andar mi honra a coche acá, cinchado, y, como dicen, alestricote, aquí y allí, barriendo las calles. Pues, a fe de bueno, que nohe dicho yo mal de ningún encantador, ni tengo tantos bienes que pueda serenvidiado; bien es verdad que soy algo malicioso, y que tengo mis ciertosasomos de bellaco, pero todo lo cubre y tapa la gran capa de la simplezamía, siempre natural y nunca artificiosa. Y cuando otra cosa no tuviesesino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todoaquello que tiene y cree la Santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigomortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tenermisericordia de mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo quequisieren; que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; aunque,por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se meda un higo que digan de mí todo lo que quisieren.

-Eso me parece, Sancho -dijo don Quijote-, a lo que sucedió a un famosopoeta destos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa sátira contratodas las damas cortesanas, no puso ni nombró en ella a una dama que sepodía dudar si lo era o no; la cual, viendo que no estaba en la lista delas demás, se quejó al poeta, diciéndole que qué había visto en ella parano ponerla en el número de las otras, y que alargase la sátira, y lapusiese en el ensanche; si no, que mirase para lo que había nacido. Hízoloasí el poeta, y púsola cual no digan dueñas, y ella quedó satisfecha, porverse con fama, aunque infame. También viene con esto lo que cuentan deaquel pastor que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, contado poruna de las siete maravillas del mundo, sólo porque quedase vivo su nombreen los siglos venideros; y, aunque se mandó que nadie le nombrase, nihiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque noconsiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato.También alude a esto lo que sucedió al grande emperador Carlo Quinto con uncaballero en Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de laRotunda, que en la antigüedad se llamó el templo de todos los dioses, yahora, con mejor vocación, se llama de todos los santos, y es el edificioque más entero ha quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es elque más conserva la fama de la grandiosidad y magnificencia de susfundadores: él es de hechura de una media naranja, grandísimo en estremo,y está muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana,o, por mejor decir, claraboya redonda que está en su cima, desde la cualmirando el emperador el edificio, estaba con él y a su lado un caballeroromano, declarándole los primores y sutilezas de aquella gran máquina ymemorable arquitetura; y, habiéndose quitado de la claraboya, dijo alemperador: ''Mil veces, Sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme convuestra Majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar de mífama eterna en el mundo''. ''Yo os agradezco -respondió el emperador- el nohaber puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aquí adelante no os pondréyo en ocasión que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad; y así, osmando que jamás me habléis, ni estéis donde yo estuviere''. Y, tras estaspalabras, le hizo una gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo dealcanzar fama es activo en gran manera. ¿Quién piensas tú que arrojó aHoracio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad delTibre? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio alanzarse en la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma?¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizopasar el Rubicón a César? Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó losnavíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por elcortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes ydiferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortalesdesean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechosmerecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros máshabemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna enlas regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en estepresente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, enfin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡ohSancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puestola religión cristiana, que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a lasoberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en elreposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el pococomer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia,en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestrospensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo,buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos,famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan losestremos de alabanzas que consigo trae la buena fama.

-Todo lo que vuestra merced hasta aquí me ha dicho -dijo Sancho- lo heentendido muy bien, pero, con todo eso, querría que vuestra merced mesorbiese una duda que agora en este punto me ha venido a la memoria.

-Asolviese quieres decir, Sancho -dijo don Quijote-. Di en buen hora, queyo responderé lo que supiere.

-Dígame, señor -prosiguió Sancho-: esos Julios o Agostos, y todos esoscaballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?

-Los gentiles -respondió don Quijote- sin duda están en el infierno; loscristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio o en elcielo.

-Está bien -dijo Sancho-, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde estánlos cuerpos desos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas de plata, oestán adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, decabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué estánadornadas?

A lo que respondió don Quijote:

-Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos:las cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide depiedra de desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma La aguja de SanPedro; al emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grandecomo una buena aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es elcastillo de Santángel en Roma; la reina Artemisa sepultó a su maridoMausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de las siete maravillas delmundo; pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron losgentiles se adornaron con mortajas ni con otras ofrendas y señales quemostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.

-A eso voy -replicó Sancho-. Y dígame agora: ¿cuál es más: resucitar a unmuerto, o matar a un gigante?

-La respuesta está en la mano -respondió don Quijote-: más es resucitar aun muerto.

-Cogido le tengo -dijo Sancho-: luego la fama del que resucita muertos, davista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delantede sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentesdevotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este ypara el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadoresgentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.

-También confieso esa verdad -respondió don Quijote.

-Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto-respondió Sancho-, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que,con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen lámparas,velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con queaumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de lossantos o sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan lospedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y susmás preciados altares...

-¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? -dijo donQuijote.

-Quiero decir -dijo Sancho- que nos demos a ser santos, y alcanzaremos másbrevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer oantes de ayer, que, según ha poco se puede decir desta manera, canonizarono beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con queceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlasy tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada deRoldán en la armería del rey, nuestro señor, que Dios guarde. Así que,señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea,que valiente y andante caballero; mas alcanzan con Dios dos docenas dediciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos oa endrigos.

-Todo eso es así -respondió don Quijote-, pero no todos podemos serfrailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos alcielo: religión es la caballería; caballeros santos hay en la gloria.

-Sí -respondió Sancho-, pero yo he oído decir que hay más frailes en elcielo que caballeros andantes.

-Eso es -respondió don Quijote- porque es mayor el número de los religiososque el de los caballeros.

-Muchos son los andantes -dijo Sancho.

-Muchos -respondió don Quijote-, pero pocos los que merecen nombre decaballeros.

En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el díasiguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco lepesó a don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la granciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a donQuijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa deDulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor; demodo que el uno por verla, y el otro por no haberla visto, estabanalborotados, y no imaginaba Sancho qué había de hacer cuando su dueño leenviase al Toboso. Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudadentrada la noche, y, en tanto que la hora se llegaba, se quedaron entreunas encinas que cerca del Toboso estaban, y, llegado el determinado punto,entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan.

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