Capítulo IX: Donde se cuenta lo que en él se verá


Don Quijote de la Mancha


Miguel de Cervantes Saavedra


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Media noche era por filo, poco más a menos, cuando don Quijote y Sanchodejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegadosilencio, porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida,como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho quefuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. Nose oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos dedon Quijote y turbaban el corazón de Sancho. De cuando en cuando, rebuznabaun jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentessonidos, se aumentaban con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo elenamorado caballero a mal agüero; pero, con todo esto, dijo a Sancho:

-Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea: quizá podrá ser que la hallemosdespierta.

-¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del sol -respondió Sancho-, que enel que yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequeña?

-Debía de estar retirada, entonces -respondió don Quijote-, en algúnpequeño apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con sus doncellas,como es uso y costumbre de las altas señoras y princesas.

-Señor -dijo Sancho-, ya que vuestra merced quiere, a pesar mío, que seaalcázar la casa de mi señora Dulcinea, ¿es hora ésta por ventura de hallarla puerta abierta? Y ¿será bien que demos aldabazos para que nos oyan y nosabran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente? ¿Vamos por dicha allamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, quellegan, y llaman, y entran a cualquier hora, por tarde que sea?

-Hallemos primero una por una el alcázar -replicó don Quijote-, queentonces yo te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos. Y advierte,Sancho, que yo veo poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aquíse descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea.

-Pues guíe vuestra merced -respondió Sancho-: quizá será así; aunque yo loveré con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creerque es ahora de día.

Guió don Quijote, y, habiendo andado como docientos pasos, dio con el bultoque hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el taledificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:

-Con la iglesia hemos dado, Sancho.

-Ya lo veo -respondió Sancho-; y plega a Dios que no demos con nuestrasepultura, que no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas, ymás, habiendo yo dicho a vuestra merced, si mal no me acuerdo, que lacasa desta señora ha de estar en una callejuela sin salida.

-¡Maldito seas de Dios, mentecato! -dijo don Quijote-. ¿Adónde has túhallado que los alcázares y palacios reales estén edificados en callejuelassin salida?

-Señor -respondió Sancho-, en cada tierra su uso: quizá se usa aquí en elToboso edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes; y así,suplico a vuestra merced me deje buscar por estas calles o callejuelas quese me ofrecen: podría ser que en algún rincón topase con ese alcázar, quele vea yo comido de perros, que así nos trae corridos y asendereados.

-Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi señora -dijo don Quijote-, ytengamos la fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero.

-Yo me reportaré -respondió Sancho-; pero, ¿con qué paciencia podré llevarque quiera vuestra merced que de sola una vez que vi la casa de nuestraama, la haya de saber siempre y hallarla a media noche, no hallándolavuestra merced, que la debe de haber visto millares de veces?

-Tú me harás desesperar, Sancho -dijo don Quijote-. Ven acá, hereje: ¿no tehe dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sinpar Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sóloestoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?

-Ahora lo oigo -respondió Sancho-; y digo que, pues vuestra merced no la havisto, ni yo tampoco...

-Eso no puede ser -replicó don Quijote-; que, por lo menos, ya me has dichotú que la viste ahechando trigo, cuando me trujiste la respuesta de lacarta que le envié contigo.

-No se atenga a eso, señor -respondió Sancho-, porque le hago saber quetambién fue de oídas la vista y la respuesta que le truje; porque, así séyo quién es la señora Dulcinea como dar un puño en el cielo.

-Sancho, Sancho -respondió don Quijote-, tiempos hay de burlar, y tiemposdonde caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto nihablado a la señora de mi alma has tú de decir también que ni la hashablado ni visto, siendo tan al revés como sabes.

Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por dondeestaban uno con dos mulas, que, por el ruido que hacía el arado, quearrastraba por el suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habríamadrugado antes del día a ir a su labranza; y así fue la verdad. Venía ellabrador cantando aquel romance que dicen:

Mala la hubistes, franceses,

en esa de Roncesvalles.

-Que me maten, Sancho -dijo, en oyéndole, don Quijote-, si nos ha desuceder cosa buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano?

-Sí oigo -respondió Sancho-; pero, ¿qué hace a nuestro propósito la caza deRoncesvalles? Así pudiera cantar el romance de Calaínos, que todo fuera unopara sucedernos bien o mal en nuestro negocio.

Llegó, en esto, el labrador, a quien don Quijote preguntó:

-¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son poraquí los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso?

-Señor -respondió el mozo-, yo soy forastero y ha pocos días que estoy eneste pueblo, sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esacasa frontera viven el cura y el sacristán del lugar; entrambos, ocualquier dellos, sabrá dar a vuestra merced razón desa señora princesa,porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso; aunque para mítengo que en todo él no vive princesa alguna; muchas señoras, sí,principales, que cada una en su casa puede ser princesa.

-Pues entre ésas -dijo don Quijote- debe de estar, amigo, ésta por quien tepregunto.

-Podría ser -respondió el mozo-; y adiós, que ya viene el alba.

Y, dando a sus mulas, no atendió a más preguntas. Sancho, que vio suspensoa su señor y asaz mal contento, le dijo:

-Señor, ya se viene a más andar el día, y no será acertado dejar que noshalle el sol en la calle; mejor será que nos salgamos fuera de la ciudad, yque vuestra merced se embosque en alguna floresta aquí cercana, y yovolveré de día, y no dejaré ostugo en todo este lugar donde no busque lacasa, alcázar o palacio de mi señora, y asaz sería de desdichado si no lehallase; y, hallándole, hablaré con su merced, y le diré dónde y cómo quedavuestra merced esperando que le dé orden y traza para verla, sin menoscabode su honra y fama.

-Has dicho, Sancho -dijo don Quijote-, mil sentencias encerradas en elcírculo de breves palabras: el consejo que ahora me has dado le apetezco yrecibo de bonísima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque, quetú volverás, como dices, a buscar, a ver y hablar a mi señora, de cuyadiscreción y cortesía espero más que milagrosos favores.

Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase lamentira de la respuesta que de parte de Dulcinea le había llevado a SierraMorena; y así, dio priesa a la salida, que fue luego, y a dos millas dellugar hallaron una floresta o bosque, donde don Quijote se emboscó en tantoque Sancho volvía a la ciudad a hablar a Dulcinea; en cuya embajada lesucedieron cosas que piden nueva atención y nuevo crédito.

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